La solución: Desmontar el nacionalismo

Nos lo han recordado los máximos dirigentes de la Unión Europea: España no se puede trocear como un queso. No es concebible una Europa de doscientas nacionalidades que se transformen en otros tantos Estados independientes.

   ¿Y cuál es la solución entonces? Porque el pleito de Cataluña, no cabe duda, es político.  Mario Vargas Llosa acaba de darnos una pista: desmontar el nacionalismo, que tiene como objetivo la secesión y emplea para ello medios indignos. A la postre es una problema de ética política, de  respeto de los derechos y de la dignidad de las personas, de observancia de las leyes que sustentan la convivencia en paz. Esta situación nos afecta a todos y nadie puede mostrarse indiferente.

    Desarticular el nacionalismo supone acabar con las prácticas corruptas y desmontar el modelo antiespañol de educación que menosprecia al castellanohablante y le niega sus derechos. Esto implica, entre otras cosas, revelar su engaño,  mostrar su falta de ética,  denunciar su discriminación, advertir que es dañino por antisocial y muy peligroso por desestabilizador. Cataluña y toda España acaban de comprobarlo. Lo ha explicado bien Fernando Savater en su último escrito, “Contra el separatismo”.

   Sí, es verdad que la lacra de la  corrupción afecta a toda la sociedad española. Pero habrá que ir por partes y ahora hablamos del problema de Cataluña.

   Cataluña ha exigido siempre una solución política. Como también la exigen todos los demás territorios, cada uno con su singularidad: un justo encaje político en esa  “España Grande” de la que habla el constituyente Herrero de Miñón. La Constitución Española de 1978 así lo entendió y, de hecho, la inclusión en la misma de los términos “nacionalidades y regiones” fue celebrado entonces como “un logro que cerraba un siglo de pleito catalán” (Santos Juliá). Pero acabamos de comprobar a finales de 2017 que ese pleito no estaba cerrado, que era una herida cerrada en falso. El espacio constitucional resulta estrecho para los nacionalistas. Los nacionalistas separatistas aspiran a algo más: Cataluña para ellos es una nación con derecho a decidir su futuro. De Castilla, Andalucía y las demás Comunidades no dicen nada.

Resultado de imagen de constitucion 1978

La Constitución de 1978 parecía haber cerrado para siempre el pleito catalán

   Todos conocemos cuál es la situación actualmente después de la ambigua declaración unilateral de independencia y de la no menos ambigua proclamación en el Parlamento catalán de la república catalana. Ha habido una respuesta del Estado de Derecho que  ha aplicado la Constitución y  se han celebrado unas nuevas elecciones autonómicas.

   Desde el punto de vista de los independentistas el Estado español no ofrece ninguna solución democrática y sus demandas encuentran siempre muros contra los que se estrellan, según ellos. Es su interpretación de los límites que imponen las leyes y ahora de la aplicación del a. 155 de la Constitución que algunos secesionistas  dicen acatar para eludir la prisión.

   El problema está en que todos vemos el mundo desde nuestra propia ventana. No podemos verlo desde la ventana de enfrente. Y cuando bajamos a la calle tenemos que aceptar que hay otras perspectivas. Nos encontramos con otras manifestaciones y otras banderas. Los independentistas se empeñaron en creer que desde su ventana la luna estaba cercana, al alcance de la mano, pero luego al intentar llegar a ella, vieron que no la alcanzaban, que estaba muy lejos, que todo era una ilusión óptica.

   Los separatistas creyeron tener la ansiada meta a su alcance. A los  casi cuarenta años de total control de la escuela y de propaganda a través de los medios oficiales de la prensa, de la radio y de la televisión, siguieron recientemente años de acelerones y de prisas por quemar etapas aprovechando algunas circunstancias: reformas de los Estatutos de Autonomía, el parlamento catalán cercado por los manifestantes, las campañas de “España nos roba” en medio de la crisis económica, el mantra del derecho a decidir, los casos de corrupción que fueron apareciendo, entre ellos los de la familia Pujol-Ferrusola, y los problemas de financiación autonómica. No faltó a esta llamada de huida hacia adelante TV3, que como dijo en El País en 2014 Ignacio Vidal-Folch, forzó la máquina y transmitió de mil maneras el mensaje básico: “Los catalanes somos prácticamente daneses, y España es un suburbio de Puerto Hurraco lleno de gente sucia y bajita”. España era su chivo expiatorio. El catalán que quería también seguir siendo español era excluido, menospreciado.

Resultado de imagen de corrupcion en cataluña

    Pero todo fue un espejismo y una enajenación. El proceso ha sido un viaje a ninguna parte. Cataluña está dividida y muchos catalanes se sienten estafados. No, Artur Mas no ha dilapidado una herencia magnífica, como alguien dijo en el diario El País, pues su legado se parecía algo a la cueva de Alí Babá, de las que hay unas cuantas en todo el Estado. Pero sí que ha agravado la situación incoando un proceso que ha puesto al borde del precipicio la seguridad y el bienestar de Cataluña, y por ende de España entera.

   La televisión pública catalana ha hecho siempre y sigue haciendo un relato sectario y excluyente. Esa propaganda que ha hecho TV3 durante años,  explica, en mi opinión,  junto con los cuarenta años de adoctrinamiento en las escuelas, el aumento del separatismo en estos últimos años hasta llegar a esos irredentos dos millones de votantes.

   Claro está que el problema es político, que existen y han existido desde hace mucho tiempo élites y grupos influyentes de separatistas. Desde su ventana, desde TV3, la “nostra”, desde su cómoda posición burguesa, desde las escogidas bibliotecas de las torres o chalets de sus ideólogos, estos grupos nunca han conseguido ver la Cataluña real. No ven, aunque algunos se digan de izquierdas, a las clases trabajadoras de los polígonos industriales, y de los barrios obreros del cinturón de Barcelona, castellanohablantes en su mayoría. No aprecian que también tienen derechos. Ellos y su lengua han sido excluidos del ámbito de lo público. ¿Por qué el racismo y la exclusión social se disfrazan siempre de nacionalismo? ¿Acaso no son lo mismo? Porque el nacionalismo es algo distinto del legítimo sentimiento y deseo de solidaridad con la comunidad en la que vivimos.

Imagen

   El nacionalismo no es solidario, sino todo lo contrario: excluyente y egoísta. Y no es nacionalismo español excluyente defender la Constitución Española, la igualdad de derechos para todos y el valor ético de la unidad en democracia frente a la atomización en pequeños Estados que separan y rompen lazos de siglos. El nacionalismo lingüístico es puro delirio. Llevémoslo al extremo en actitud irónica: Dialectos y hablas al poder. La fala o mañego en Extremadura, el panocho y otros dialectos en Murcia, el habla de Sotoscueva en Burgos, las hablas del Pirineo aragonés, el bable: todos necesarios y obligatorios para acceder a un puesto de trabajo. Algunos a eso lo llaman progreso y democracia.

   El diario El País del domingo 25 de febrero daba un paso más en esta escalada absurda. No bastaría con el “especial respeto y protección” del que deben ser objeto “las distintas modalidades lingüísticas”, como dice la Constitución. El País en su editorial va más allá: “el catalán (y las demás lenguas cooficiales) merece especial “protección y promoción”. Pero hablar de “promoción” es introducir un concepto que no está en la Constitución. Y ya sabemos cuál es el objetivo de los planes “normalizadores”: buscan reducir la presencia del español y no simplemente promover el conocimiento de la lengua cooficial. “Se trata de que la gente no hable tanto español como regularmente habla”, como nos recordó oportunamente Juan Ramón Lodares en su artículo en El País El precio de las gramáticas (7 de diciembre de 2004). Una vez más se quieren pisotear los derechos de las personas con la excusa de la defensa de una lengua cooficial, un bien cultural español que nadie ataca. Una vez más se intenta anular el artículo 3. 1 de la Constitución Española que habla del “derecho a usar” el castellano, “la lengua oficial del Estado”.

     Urge recordar algo: Cataluña fue siempre parte de España. La colaboración con el resto de los españoles fue la regla, la deslealtad fue la excepción, aunque se diera en diversas ocasiones.  El barcelonés Luis de Requesens fue el brazo derecho de Juan de Austria en la batalla de Lepanto y Juan de Cardona mandó la flota de vanguardia en el ataque a los turcos.  La Ministra de Defensa  Carme Chacón, Ernest Lluch, Ministro de Sanidad, asesinado por ETA, y Jordi Solé Tura, uno de los padres de la Constitución, por nombrar solamente a algunos ya fallecidos del espectro político de la izquierda, son ejemplos de catalanes y ejemplos de españoles en nuestros días. La prosperidad de España no se entiende sin la aportación de los catalanes.

educación separatista

Para Cataluña el resto de España fue su mercado, como lo fue desde el s. XVIII también Iberoamérica y ya antes de alguna manera. Y  de otras regiones de España llegó la mano de obra para las fábricas textiles y para los talleres. Se asentaron en Cataluña como un día lo hicieran otros pueblos y con la misma libertad con la que los catalanes se movieron siempre por toda España. La Cataluña real es la herencia de ese mestizaje. Y ahora constituyen con otros muchos catalanes, castellanohablantes y catalanohablantes, una mayoría que no es secesionista porque tiene lazos culturales e históricos con el resto de las Comunidades del Estado.

   Efectivamente el pleito de Cataluña es político, pero los niños catalanes no nacen con una conciencia nacionalista o secesionista y la Constitución Española ha tenido en cuenta la singularidad histórica del Principado. Son los grupos políticos y las luchas por el poder de los diferentes grupos sociales los que hacen distintas e interesadas lecturas de la historia programando las mentes de los ciudadanos según sus propios intereses.  Son ellos los que desde la escuela les hablan de que para tocar la luna basta con sacar la mano por la ventana.

   Lo que le ha faltado a la  Cataluña real es una escuela que haga justicia a la complejidad y pluralidad de la sociedad, que es bilingüe y que mayoritariamente se expresa hoy en español. Una sociedad con una escuela bilingüe libre de la propaganda nacionalista, con un centro de gravedad también bilingüe, no habría desembocado en una mayoría secesionista. El nacionalismo separatista lo sabe y por eso se opuso siempre a ese modelo. Al final hay que reconocer que fueron las políticas lingüísticas injustas y excluyentes, junto con la propaganda a través de los medios de comunicación, las que, durante décadas, prepararon y programaron las mentes y los ánimos para que, en una época de corrupción y crisis económica, los separatistas pudieran excitar los ánimos de los ciudadanos y alcanzar las mayorías que conocimos a finales de 2017.

Julio Puente López

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s