La ignorancia del mal

Desde tiempos muy remotos, el mal es una mercancía capaz de resistir los flujos comerciales más extraordinarios. De hecho, se puede ver el mal con pasmosa facilidad y en sus versiones más simples: el mal hecho por una naturaleza desbocada o el mal ejecutado por seres humanos.

La contemplación de la inocencia también es motivo de interés, aunque quizá en menor medida, al fin y al cabo, la bestia es más atractiva que su víctima.

En días anteriores hemos asistido a la entrada en prisión de los consejeros catalanes presuntamente responsables del golpe de estado perpetrado en octubre de 2018. Excepción hecha de la calificación que merezcan tales acontecimientos, valga la pena un detalle: las lágrimas de los reos.

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En esas lágrimas y en esos rostros afligidos, de gente que días antes llevaba una vida perfectamente normal (si aceptamos como normal la vida de los dirigentes del menosprecio a la legalidad, del marrulleo separatista y de la falsificación perpetua), se puede ver la tristeza del inocente, el abatimiento del que injustamente es castigado por fuerzas superiores sin que piense haber cometido delito alguno.

Resultado de imagen de separatistas llorando al entrar en prisión

Pues bien, he ahí lo obscuro: la ignorancia del mal. Tales llantos dan la perfecta imagen de aquel que no se siente compelido por sus actos, que ignora lo que ha hecho. Los responsables del golpe de estado no sienten que hayan cometido delito alguno, sino que creen haber sido mera cadena de trasmisión de los designios de un ente superior: el pueblo que ha votado y que les obliga a seguir una línea de actuación.

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No entienden o no quieren entender que todo el drama que han organizado es un invento de dimensiones colosales, que el referéndum del que se ufanan iba diametralmente en contra de la ley y que sus resultados, qué duda cabe, no entran en ningún paragón posible. Incluso más, que aquellos, por ellos mismos pagados, que actuaron de observadores internacionales, ya advirtieron que sus actos no se podían presentar de ninguna manera como democráticos.

Román Langosto

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