TABARNIA, OCHO SEGUNDOS

El 4 de marzo, Barcelona se convirtió en territorio tabarnés: miles de personas, quizá cerca de 100 000 o 150 000, se dieron cita bajo un cielo bajo, de nubes que se iban haciendo compactas y amenazaban lluvia. Los tabarneses se reunieron en torno a la estatua de Rafael de Casanova, uno de los cientos de mitos que el nacionalismo ha trastornado, convirtiendo al que en 1714 fuera Conceller en Cap de la última resistencia austracista dentro de las murallas barcelonesas, esto es, al postrero defensor de la España antigua, en ficción y símbolo del separatismo.

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Tal reunión pretendía lavar la cara a un héroe, pero a un héroe que no lo fue. Casanova supo huir a tiempo, tras resultar herido, y refugiarse en un pueblecito cercano para reaparecer pasados los años como abogado. No hay ningún secreto. No hubo ninguna mixtura, ni se da ninguna extraña revelación. Todo es bien sabido.

Huyó el que mantuvo la resistencia política y militar tras la marcha de las tropas portuguesas (que cruzaron España en siniestras caravanas siendo ayudados por las gentes que habían combatido hasta llegar a sus fronteras) y de las austriacas y de sus generales (el virrey Guido von Starhemberg marchó a Austria para luchar contra los turcos en Eslavonia) y cuando ya no había soldados británicos en aquella Barcelona: James Stanhope había sido apresado por el general Vendôme en Brihuega, un día antes de que el ejército de las Dos Coronas arrasara en Villaviciosa a la infantería de Starhemberg, a la vez que la caballería perseguía a Antonio de Villarroel hasta el castillo de Illueca, capturándolo poco después.

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Huyó el que persistió en la guerra mientras la paz entre los beligerantes se había firmado en Utrecht y el archiduque Carlos ya había sido investido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y coronado rey de Hungría y de Bohemia.

Huyó, decimos, el que ordenó encaramarse a las murallas, bajo pena sumarísima, a los niños barceloneses de 14 años para resistir a una de las mejores infanterías de Europa, la hispano-francesa mandada por el duque de Berwick, que venía combatiendo desde hacía más de una década por los campos de España.

A pesar de todo, Casanova jamás pensó en secesionismos, hasta el punto de preferir la capitulación in extremis, poniendo en juego vidas y enseres, a la negociación, a la que finalmente se llegó cuando las tropas ya estaban dentro de los muros.

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Aquel héroe que no pudo ni quiso imposibilitar el saqueo, preceptivo en la época, y más en una ciudad como Barcelona, y que se salvó por la orden emanada del duque de Berwick, que por expresa disposición de Felipe V lo impidió, arriesgándose a provocar el enfado y sus consecuencias entre las filas de unos soldados que veían el saqueo, no como una profanación o un latrocinio, sino como el premio a la victoria.

En ese punto se reunieron, tal día como el citado, millares de tabarneses para proclamar, ahora sí, una comunidad autónoma de ocho segundos, justa contramedida a la proclamación que el separatismo hizo el 10 de octubre de 2017 y que suspendió de inmediato.

Román Langosto

 

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